Un niño pequeño lloraba por su juguete que de repente dejo
de ser suyo, era un carrito dorado y muy bonito que había abandonado, el bonito
carrito ya no era de él.
El niño sólo sabía que era estar con su carrito, lo cuidaba
y lo protegía para que no sufriera y en ningún momento se dañara, a tal punto que dejo de
usarlo, lo dejo inmóvil, lo abandonó. Tenía miedo. Solo lo quería tener en su limpia, fría y pura repisa. Allí se encontraba a salvo pero; inútil, los
carros quieren salir a conocer el mundo.
Grande fue su sorpresa al ver que ya no estaba en el lugar
de siempre, había desaparecido. Triste se puso. A gran distancia otro niño feliz de su vida
jugaba sin mesura con tan importante juguete, no lo cuidaba, sólo le importaba su
propia diversión, lo chocaba y lo golpeaba. Rayado, roto y averiado quedó el abatido
carrito sin dueño.
Pobrecillo niño, pobre carrito. Esforzado del niño por recuperarlo
hizo todo lo posible por dejarlo como estaba antes. Ya no tenía brillo, no era
el mismo de antes, a esta clase de carritos el brillo les surge con el tiempo.
Su carrito había hecho todo lo que con él no hizo en pocos meses, meses que se
convierten en años para un niño tan pequeño. Mal o bien había vivido. Ya no lo pondría
en su repisa.
No sabía qué hacer. —Si lo dejo en la repisa bajo mi cuidado
será el carrito más lindo de todos, pero no será el más feliz —Pensó por
primera vez. —Si está libre será feliz y no dejará de ser el carrito más lindo
del universo —reflexionó nuevamente. —El carrito no es un juguete — Pronto el
niño con lágrimas ya secas en su cara se dio cuanta de la única verdad. —No necesito tenerlo para quererlo con todo mi
corazón.
No es fácil querer un carrito de oro.
No cualquiera lo puede proteger.
Nadie puede jugar con él.
Hay que amarlo.
Contemplarlo sin poseerlo.
Nunca lo había perdido.
Nunca lo había perdido.
