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domingo, 13 de octubre de 2013

El carrito de oro.


Un niño pequeño lloraba por su juguete que de repente dejo de ser suyo, era un carrito dorado y muy bonito que había abandonado, el bonito carrito ya no era de él.

El niño sólo sabía que era estar con su carrito, lo cuidaba y lo protegía para que no sufriera y en ningún momento se dañara, a tal punto que dejo de usarlo, lo dejo inmóvil, lo abandonó. Tenía miedo. Solo lo quería tener en su limpia, fría y pura repisa. Allí se encontraba a salvo pero; inútil, los carros quieren salir a conocer el mundo.

Grande fue su sorpresa al ver que ya no estaba en el lugar de siempre, había desaparecido. Triste se puso. A gran distancia otro niño feliz de su vida jugaba sin mesura con tan importante juguete, no lo cuidaba, sólo le importaba su propia diversión, lo chocaba y lo golpeaba. Rayado, roto y averiado quedó el abatido carrito sin dueño.

Pobrecillo niño, pobre carrito. Esforzado del niño por recuperarlo hizo todo lo posible por dejarlo como estaba antes. Ya no tenía brillo, no era el mismo de antes, a esta clase de carritos el brillo les surge con el tiempo. Su carrito había hecho todo lo que con él no hizo en pocos meses, meses que se convierten en años para un niño tan pequeño. Mal o bien había vivido. Ya no lo pondría en su repisa.

No sabía qué hacer. —Si lo dejo en la repisa bajo mi cuidado será el carrito más lindo de todos, pero no será el más feliz —Pensó por primera vez. —Si está libre será feliz y no dejará de ser el carrito más lindo del universo —reflexionó nuevamente. —El carrito no es un juguete — Pronto el niño con lágrimas ya secas en su cara se dio cuanta de la única verdad.  —No necesito tenerlo para quererlo con todo mi corazón.

No es fácil querer un carrito de oro.

No cualquiera lo puede proteger.

Nadie puede jugar con él.

Hay que amarlo. 

Contemplarlo sin poseerlo.

Nunca lo había perdido.