
Hay una cosa que los bogotanos conocemos mejor que
cualquier otra, más que lo que saben los costeños sobre el vallenato y en
McDonald’s sobre cómo hacer hamburguesas, es ese busecito rojo y con cara
amigable que termina haciendo el papel de una pelota anti-estrés de un
adolecente con espíritu revolucionario y con camiseta del “El Che” en días de
protestas contra el sistema, es ese largo Mercedes Benz que trasporta sueños,
frustraciones, alegrías, desdichas, pereza, logros, empleados sin carro y
desempleados, que en horas pico las desdichas hacen más fuerzas que los sueños
y la alegría para salir a tiempo y no ser arrastrados hasta la otra estación.
Alimentado por entes insensibles que no saben lo que es correr tres cuadras detrás
de un bus verde para no llegar tarde; Cuando uno va en la mitad de la última
cuadra se empieza a sentir ese leve aroma a victoria, a gloria, satisfacción de
haber luchado por lo que se quiere, pensando en que nada en la vida es
imposible y que el humano no tiene límites. Eso hasta cuando se baja la
velocidad para entrar al alimentador con serenidad, y justo ahí se ve en cámara
lenta como se cierran lentamente las puertas, en compañía de ese pitico
infeliz. Ni victoria, ni gloria, ni satisfacción, lo único queda es frustración
y ganas de ir a protestar por la séptima en contra del sistema y los sucios
políticos. Y así mismo detrás del bus rojo, lo primero que le cierran en la
cara es esa puerta de vidrio con letricas al revés y después muchas más en la
vida, y de distintos colores. Pero lo que más lo distingue son esas muy
populares sillas azules, sillas azules llenas de virus y años perdidos, el
virus y los años perdidos van vestidos con ruanas y llevan mala cara; Mala cara
como si uno tuviera la culpa de todo el tiempo que tuvieron en la vida lo
perdieron y lo único que hicieron fue niños, y eso niños más niños y así, hasta
llegar al punto de que un busecito para 160 personas le entren 250 y se queden
otras 50 por fuera renegando de su desdichada vida por no tener carro, ser
pobre o estar en pico y placa.
Pero a fin de cuentas quiéranlo o no mañana estará más de
un feliz bogotano haciendo fila para comprar pasajes para toda la semana.
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